Me llegó en estos días uno de esos videos donde un influencer, con un micrófono pegado a una paleta de cocina, se queja del mundo que lo rodea sin haberle dado siquiera una revisadita a alguna de las miles de millones de referencias que hoy tenemos al alcance de la mano. Literalmente.
Me hizo recordar mis años de estudiante de arquitectura, cuando conseguir una referencia era toda una expedición. Los libros eran escasos y costosos, y uno terminaba casi siempre en una librería grande, recorriendo los estantes para decidir cuál iba a poder comprar ese mes. Todos importados y, en algunos establecimientos, forrados de plástico (envoplast, como le decimos genéricamente en mi tierra), como si fueran una verdura que había que proteger para que no se pusiera mala. En las universidades había bibliotecas, claro, y las sigue habiendo, pero no tenían un ejemplar de cada libro para cada estudiante, así que si el de Richard Meier o el de Kenneth Frampton estaban prestados, tocaba improvisar.
Lo bueno de aquello es que terminé conociendo todas las bibliotecas de arquitectura y arte que tenía a mi alcance, además de la de mi propia universidad: la de la Universidad Simón Bolívar, la de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UCV, donde años después di clases, y una de mis favoritas para todo lo relacionado con el arte, la del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Ímber. Era de los espacios más amables que conocí para buscar, leer, investigar y para esa práctica tan propia de nuestra generación de fotocopiar todo lo posible y llevárselo a casa para rayarlo y pasarle resaltador. Cuando trabajé en el museo tuve además el gustazo de asistir allí a un par de fiestas de Navidad, y de ver cómo las hallacas, el pan de jamón, el pernil y las risas de mis compañeros llenaban un lugar que yo había vivido con otro tipo de respeto, ese que uno aprende cuando le enseñan que en una biblioteca se hace silencio.
Pero volvamos al video. La persona se mostraba consternada de que hubiésemos pasado de “esto”, mientras enseñaba la puerta de un edificio barroco, a “esto”, acompañado de la imagen de una casa moderna o tardomoderna. Estaba comparando dos momentos de la historia de la humanidad (y la historia de la arquitectura es, en buena medida, la historia de la humanidad) con necesidades, materiales, tecnologías, presupuestos y, sobre todo, formas de entender el mundo que no tienen nada que ver entre sí. De un lado, una puerta tallada a mano que pudo tomar años de trabajo y que formaba parte de lo que hoy llamaríamos un palacio, al alcance de unos pocos nobles, de la realeza y de su servidumbre. Del otro, un proyecto que se espera tener listo en unos meses, pensado para una sociedad que necesita construir viviendas para millones de personas. Algo así como comparar la copia única de un manuscrito, reservada para unos cuantos, con la posibilidad de llevarme un libro a casa. Lo que me molesta de esa comparación es que mide una época con la vara estética de otra, y así cualquiera sale perdiendo.
Tampoco intento justificar con esto ese fenómeno que en redes llamamos enshittification, un término que nació para describir cómo se van deteriorando las plataformas digitales y que hoy usamos, a veces, para hablar de esa sensación de que todo a nuestro alrededor se está echando a perder. Esa impresión de que todo es copia de otra cosa, de que todo sale de una fábrica de embutidos, producido en serie y sin personalidad, de que pasamos de los colores al beige, a lo desteñido por diseño (y lo digo sin despreciar el beige, el blanco ni los colores claros). No hace falta ponerse a defender o atacar aquel odio al adorno de Ornamento y delito, como diría Adolf Loos, ni restarle importancia a la arquitectura moderna, al minimalismo o a la producción en masa de prácticamente todo lo que usamos desde la Revolución Industrial, para darse cuenta de que entender por qué empezamos a fabricar objetos y edificios de otra manera no nos obliga a aceptar que todo termine pareciéndose.
Varias veces he hablado en mis artículos de esta serialización que alcanza incluso al contenido que leemos y a los videos que vemos, hechos con herramientas que permiten repetir ad infinitum lo que el algoritmo detecta como capaz de generar engagement. Más de una vez me he preguntado si los mismos bots que comentan y dan like a nuestras fotos no estarán, en este momento, pagándose y dándose el vuelto entre ellos, convencidos de que eso que ayudan a hacer parecer importante de verdad lo es. Pareciera que hemos confundido la capacidad de reproducir algo con la necesidad de repetirlo.
Hace unas semanas vi un render, una de esas imágenes tridimensionales con calidad, digamos, fotográfica, de un edificio con palmeras incrustadas, muchas luces, ventanales enormes y todos esos elementos que solemos encontrar en las imágenes de la arquitectura contemporánea. Aunque aparecía en el contexto donde supuestamente iba a construirse, no lograba ubicarlo: no sabía en qué país ni en qué ciudad estaba, ni si se trataba de una entrega de diseño de alguna universidad. Había visto demasiados de esos elementos, demasiadas veces, en demasiados lugares y revistas. Mi sorpresa fue grande cuando leí que era una «propuesta» para Paseo Las Mercedes, el centro comercial diseñado por el arquitecto Jimmy Alcock. Si han visto fotos de Parque Cristal, en Los Palos Grandes; del Altolar, con sus dobles alturas y puentes colgantes, en Colinas de Bello Monte; o del Poliedro de Caracas, donde se presentó Queen y donde llegaron a querer desmontar la cúpula, calculada por la misma oficina de Buckminster Fuller, para entrar en helicóptero, pues sí, se trata del mismo arquitecto.
Paseo Las Mercedes es un hito de este tipo de edificaciones en Venezuela. Su concepto de vivir hacia adentro, de iluminarse y respirar a través de una inmensa abertura que recorre el edificio y que se abría y cerraba a placer gracias a una cubierta de cristal móvil, respondía a una manera muy particular de entender el espacio comercial. Ahí convivían una plaza iluminada, un área escenográfica disfrazada de cuadra colonial y otra, en penumbra, con columnas de espejo que giraban. A un lado estaba uno de los primeros cafés al estilo de Le Drugstore; al otro, el famoso Tizoncito de comida mexicana. Arriba había oficinas y un hotel que durante muchos años perteneció a la cadena Holiday Inn, donde uno podía ir a comerse un club sándwich frente a la piscina, todo sin salir del mismo edificio.
Hoy no es ni la sombra de lo que fue en los años ochenta, es verdad, pero buena parte de ese deterioro tiene más que ver con la economía del país y con lo que ha pasado a su alrededor que con las ideas que le dieron origen. Sinceramente, perderíamos mucho si lo derribáramos para poner en su lugar un producto en serie que bien podría estar unas cuadras más abajo, cambiando su carácter, su memoria y su valor arquitectónico por algo que se vende bien hoy pero que pasado mañana tendrá que cambiar el letrero de la puerta para seguir resultando atractivo.
Lo curioso es que ese edificio que hoy algunos consideran viejo, anticuado o poco atractivo fue en su momento una expresión de modernidad, una arquitectura que experimentaba con tecnologías, materiales y maneras nuevas de ocupar el espacio y de relacionarnos dentro de él. La misma modernidad que el influencer de la paleta de cocina parecía despreciar cuando la ponía al lado de su puerta barroca.
Defender el patrimonio tampoco obliga a vivir rodeados de edificios antiguos, a renunciar a lo que ofrecen las nuevas tecnologías, los nuevos materiales o las nuevas formas de diseñar, ni a tratar como intocable todo lo que se construyó en el pasado. Lo que no funciona hay que revisarlo, los edificios tienen que adaptarse a las necesidades de quienes los usan y las ciudades cambian, así que algunas cosas inevitablemente tendrán que dar paso a otras. Pero un edificio se puede adaptar sin sustituirlo, y conservarlo no le impide evolucionar. Transformarlo para que siga teniendo sentido es muy distinto a borrar su historia porque alguien cree que una fachada de vidrio, unas palmeras y unas luces van a vender mejor.
Tampoco propongo convertir nuestras ciudades en museos donde todo quede congelado en el momento en que se construyó, ni terminar haciendo cosas como forrar de mármol la Casa del Libertador en Caracas (siempre me pregunté si así viviría Bolívar). El patrimonio abarca mucho más que lo antiguo o lo que se parece a nuestra idea de lo histórico: incluye lo moderno, lo industrial y ese edificio que hace apenas unas décadas representaba una manera radicalmente distinta de hacer las cosas. Puede que hoy no nos guste, puede que nunca nos haya gustado, pero su valor no depende solo de nuestras preferencias estéticas. Del mismo modo que podemos defender una cultura del diseño y de la producción que permitió que millones de personas tengan un refrigerador en casa sin gastarse una fortuna, podemos reconocer el valor de aquella puerta barroca que alguien talló hace siglos, sin que una cosa le quite nada a la otra.
Lo que me inquieta, después de haber aprendido a construir para muchos, es que estemos olvidando cómo construir cosas que merezcan permanecer, y que en nombre de lo nuevo terminemos demoliendo las historias que nos trajeron hasta aquí.
Este newsletter se sostiene básicamente con café, palmeras con chocolate, con los comentarios que me envían cada vez que algo de lo que escribo resuena con ustedes, y con sus subscripciones, gratuitas o de pago.
Puedes apoyar este proyecto aquí en Substack o en Patreón, o simplemente dejando un comentario y compartiéndolo con tus amigos.
Muchas gracias a quienes se suscriben acá, y a quienes nos apoyan comentando y compartiendo nuestro contenido: Angelina, Oscar, Hortensia, Salvador, Ananda, Luisete, Valentina, José Germán, Michelle, Mónica, Pat y Vif, Maiah&Gabriel, Eduardo, Liz, Ariel, Juan Pablo, Micky, Sergio, Facu, Zacarias, Rafael, Michael, Andi, Christian, Fede, Karina, Juan Carlo y Daniela.
Gracias por leer, por compartir y por ser parte de esto.





Ahora la Alcaldía de Baruta se desmarcó del proyecto de "modernización" de Paseo Las Mercedes argumentando que en sus registros no constan solicitudes de remodelación de esa edificación...
Es tan así... la superficialidad dando la hora, la tendencia. En fin.