El gusto como acto creativo
Tener criterio es una habilidad. Y como toda habilidad, se entrena.
Hay una pregunta que me hago cada vez que entro a un restaurante nuevo: ¿pido lo que sé que me gusta, o me arriesgo?
Anthony Bourdain tenía una postura clara al respecto. Decía que cuando visitas un lugar por primera vez, lo correcto (o al menos lo interesante) es pedir algo que nunca hayas probado. No siempre lo hago. A veces voy a ese sitio específicamente por un plato que ya conozco, o porque ya sé de memoria lo que hay en la carta. Pero la idea me sigue pareciendo poderosa: el gusto se expande cuando lo dejamos salir de su zona de confort.
Y eso, claro, va mucho más allá de la comida.
Daniel Pink publicó hace poco algo que me hizo detenerme. Decía que “en un mundo (sic) donde cualquiera puede crear cualquier cosa, el gusto se convierte en el verdadero diferenciador”. Y que ese gusto se rige por tres reglas: crear más de lo que consumes, saber decir no sin disculparse, y que tu gusto cambie cuando tú cambias.
Lo interesante de esta idea no es que “el gusto importa”. Eso siempre ha importado. Lo que está cambiando es el contexto.
Antes, si querías hacer una película, una revista, una canción o una campaña publicitaria, necesitabas equipos, presupuesto, imprentas, estudios de grabación, canales de distribución. Hoy cualquiera puede generar imágenes, videos, textos, música o presentaciones en minutos. La producción se democratizó. El acceso dejó de ser la barrera. Ya lo hemos escuchado…y vivido un millón de veces. Yo mismo lo he dicho desde la época en la que comenzamos a hacer podcasts, y con lo mucho que amo la radio, para mi siempre fue un sueño hecho realidad poder compartir “mi programa de radio” gracias a la tecnología. O cuando mi querido amigo Gabriel Torrelles hizo la primera serie grabada completamente en un smartphone (Nokia, por cierto), hace mas de 15 años.
Entonces el valor se desplazó y fue a parar exactamente donde siempre debió estar: en la selección.
El gusto es eso. Decidir qué hacer, qué no hacer, qué combinar, qué descartar. Saber que no todas las ideas merecen existir, aunque sean fáciles de producir. En un mundo donde la abundancia de contenido es casi obscena, el criterio se vuelve escaso. Y lo escaso es lo que vale.
La primera regla de Pink, crear más de lo que consumes, me resuena directamente con algo que desarrollo en REMIX: conectar puntos requiere tener puntos que conectar. La creatividad no nace de la nada, nace de la acumulación, de la exposición, de la práctica. Cuanto más escribes, diseñas, cocinas, grabas, construyes o simplemente intentas, más refinado se vuelve tu criterio. No porque te vuelvas más inteligente, sino porque tienes más referencias internas para comparar, contrastar y elegir.
El gusto no se desarrolla observando. Se desarrolla haciendo.
Esto es especialmente importante hoy, cuando la tentación es consumir sin parar y producir poco. Las redes están diseñadas para que absorbas, no para que generes. Pero el creador (en cualquier escala, en cualquier disciplina) entiende que la dirección debe invertirse.
La segunda regla es quizás la más difícil: saber decir no sin disculparse, tener el carácter para decir no cuando nos parece lo correcto.
En un mundo donde puedes generar cien imágenes en una tarde, o veinte versiones de un artículo en cinco minutos, la tentación es publicar todo. Compartir todo. Mostrar todo.
El gusto aparece cuando eliminas, cuando sabes cuándo decir que no.
Un buen diseñador no es quien agrega elementos. Es quien sabe cuáles quitar. Un buen editor no es quien escribe más. Es quien sabe qué párrafos borrar (con dolor, como dice una buena amiga, o sin el). Un buen marketero no es quien ejecuta cien tácticas. Es quien identifica las tres que realmente importan.
El “no” creativo es una forma de respeto: hacia tu audiencia, hacia tu trabajo y hacia ti mismo. Decir no a lo mediocre, aunque sea fácil de producir, es una declaración de criterio. Y el criterio, repetido en el tiempo, se convierte en voz propia.
La tercera regla me parece la más profunda, y también la más incómoda: que tu gusto cambie cuando tú cambias.
Muchas personas intentan conservar el mismo gusto durante décadas porque sienten que cambiar es traicionar quiénes son. Como si el gusto fuera identidad fija y no un sistema vivo.
Pero tú no lees igual a los 20 que a los 40. No viajas igual. No escuchas música igual. No diseñas igual. Y está bien. De hecho, el gusto que no evoluciona termina convirtiéndose en nostalgia disfrazada de criterio. En una pose. En una armadura. Incluso en ganas de pertenecer.
Yo lo veo en la cocina, que es el ejemplo más democrático que conozco. No necesitas trabajar en arquitectura, diseño o marketing para necesitar creatividad. En tu cocina, con tus ingredientes, en tu economía, eres el chef de ese espacio. Y unas lentejas bien hechas (con criterio, con cariño, con intención) son más sabrosas y alimentan más que un pescado quemado o cubierto de grasa. La creatividad separa lo memorable de lo olvidable. Lo nutritivo de lo vacío.
Y eso aplica en todos los aspectos de la vida, no importa la intensidad con la que la ejecutes.
Pink cierra con una idea que vale la pena leer despacio: sigue estas tres reglas y tu criterio se volverá cada vez más valioso. El gusto se sedimenta, pero también fermenta.
No habla de un salto. Habla de acumulación silenciosa. Un poco de creación diaria. Un poco de selección. Un poco de evolución. Durante meses. Durante años. El gusto se va depositando en capas, como los estratos de una roca, y al mismo tiempo se va transformando por dentro, como algo que reposa y cambia mientras nadie lo mira.
Y de repente empiezas a ver conexiones que otros no ven, a tomar decisiones que otros no pueden tomar, a producir trabajo que otros no pueden imitar, no porque tengas mejores herramientas, sino porque tienes mejor criterio.
Eso me parece espectacularmente humano.
En un momento (no quise decir “en un mundo”, jaja) donde la obsesión colectiva está puesta en las herramientas (qué IA usar, qué prompt escribir, qué plataforma dominar, aunque es muy válido) el verdadero diferencial sigue siendo profundamente personal. No es el modelo de lenguaje. No es la app de imágenes. Es el criterio de quien decide qué merece ser creado, qué merece ser compartido y qué merece ser ignorado.
La herramienta produce, pero es el gusto quien elige. Tu gusto, tu criterio.
Y el gusto, como todo músculo, se entrena. Todos los días. Con cada decisión que tomas sobre qué hacer, qué mostrar y qué desechar. Con cada vez que te permites probar algo nuevo en ese restaurante que nunca habías visitado. Con cada vez que dices no a lo fácil para proteger espacio para lo bueno.
Tu gusto es tuyo. Cuídalo. Aliméntalo. Y deja que cambie contigo.
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