El propósito nos da dirección.
Dos historias sobre color, identidad y lo que sucede cuando olvidamos por qué hacemos las cosas.
La semana pasada escribí sobre dos señales del mismo problema creativo: repetir un truco hasta el cansancio y elegir un color del año que no decía absolutamente nada. Dos síntomas distintos de una misma desconexión: cuando hacemos cosas sin intención, sin propósito, sin recordar por qué empezamos.
Y mientras escribía esa edición, me di cuenta de que había dos historias que quería contar después. Dos historias que, de alguna manera, explican por qué el propósito importa más que cualquier tendencia, color o fórmula.
Una viene del origen mismo de Pantone, cuando el color era un caos y un joven químico decidió que había que inventar un lenguaje para poner orden. La otra viene de Leo Burnett, que entendió que un nombre en la puerta solo vale algo mientras el trabajo mantenga su integridad.
Las dos historias hablan de lo mismo que venimos conversando: del peligro de vaciar lo que hacemos, del riesgo de convertirnos en recipientes sin alma, y de la importancia (ahora más que nunca) de recordar …




