
En tercer semestre de arquitectura, en la Universidad José María Vargas de Caracas, el Taller de Diseño III nos puso un encargo que todavía recuerdo casi entero. Mi profesora era Cristina Von der Heide, a quien recuerdo con un cariño especial y menciono cada vez que puedo.
Había que diseñar una casa medianera frente a una plaza que se iba a crear alrededor del Teatro Municipal. La calle quedaba tres metros por debajo de la plaza, y cada tantos terrenos una pequeña abertura con escaleras unía los dos niveles.
Había una condición más, y fue la que convirtió el ejercicio en otra cosa: cada uno tenía que elegir a un integrante de una compañía de teatro para que viviera ahí. Yo elegí al director.
Mark Twain como encargo
El concepto salió de un libro: Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain. Un muchacho y un esclavo fugitivo bajando el Mississippi en una balsa, huyendo cada uno de lo suyo. Lo que yo me llevé de esa novela fue el río como camino hacia la libertad.
Así que metí un río en la casa. Un espejo de agua acompañaba todo el proyecto, de punta a punta. La casa se iba haciendo más transparente y más libre según el uso de cada zona: lo social, lo semiprivado, lo privado. La circulación vertical, escaleras unidas por puentes que cruzaban el espacio, iba acompañada de un muro de agua, una pared curva de bloques de vidrio que subía con la escalera y terminaba en el cielo.
Ese remate era el mensaje. Yo leía el libro con una frase de Martin Luther King en la cabeza, free at last, y quería que la casa la dijera sin palabras.
Lo demás era muy de su época, y muy de estudiante de tercer semestre con las referencias abiertas sobre la mesa. Concreto armado a lo Tadao Ando. Hacia afuera, una fila de columnas sostenía un techo a un agua a todo lo largo, muy posmoderno, con romanillas de madera entre columna y columna que calentaban el interior, y un poco el exterior, según la hora del día. Al final, la sala, en doble altura. Y sobre ella, un podio: el dueño de la casa salía de su cuarto, cruzaba el vestier y aparecía asomado sobre la sala como gran protagonista.
Era la casa de un director, alguien que se pasa la vida detrás del escenario. Me pareció justo darle su entrada.
Las analogías que nos guardamos
Hoy sé que en ese proyecto pasaba algo más importante que el agua o el vidrio. La analogía funcionaba como herramienta de diseño. El libro hacía de encargo, y cada decisión se podía poner a prueba contra él: ¿esto se parece al río?, ¿esto libera o encierra?
No llegué solo a esa forma de trabajar. En esa misma época empecé a tener clases con Javier Caricatto, Salvador Santorsola y Hortensia Pérez, a quienes hoy considero amigos; Hortensia fue hasta madrina de mi boda. Ellos me empujaron a pensar de lado sin ponerle ese nombre. Una escenografía para Sueño de una noche de verano en maquetería. Un barrio para artistas en el taller de diseño. Un cuaderno de bocetos lleno de ideas para una materia teórica que, de otra manera, habría sido una hora semanal de aburrimiento.
Llegué a llevarlo bastante lejos. En una materia técnica, una de esas entregas consistía en describir las normas que hay que cumplir para pedir un permiso de construcción. Yo escribí un cuento: una persona pasaba de tener un sueño a verlo construido, y en el camino iban apareciendo todas las normas, con ejemplos y analogías. El texto parecía cualquier cosa menos una entrega técnica, pero quien lo leyera no iba a olvidar nunca cómo se pide un permiso.
Después vino la vida profesional, y con ella aprendí a contar mis analogías según quién tenga delante. Con algunos las cuento enteras. Con otros apenas se asoman, pero siempre dejo ver que detrás hay una manera de hacer las cosas. Y hay trabajo que no las necesita. En la cocina, antes del plato espectacular está el mise en place: cortar la cebolla, medir, ordenar los ingredientes. Nadie le pide poesía a ese momento, y sin él no hay plato.
El riesgo aparece cuando adaptar se convierte en esconder, y la versión defendible de una idea ocupa el lugar de la que nos movió. El mise en place sostiene la creación, pero lo que la gente recuerda es lo que sale a la mesa.
Espacios que te sueltan poco a poco
Lo que la casa del director intentaba hacer, y lo que me sigue pareciendo valioso, era liberar por capas. Al entrar, todo es social y guiado. A medida que avanzas, el espacio confía más en ti, se abre y te deja ir.
Los buenos lugares funcionan así. Un buen restaurante te recibe, te sienta, te cuenta la carta y en algún momento desaparece para dejarte disfrutar. Un buen museo te lleva de la mano en las primeras salas y luego te suelta para que te pierdas donde quieras. Un buen videojuego te enseña a saltar en el primer nivel sin decir una palabra, y unas horas después te deja recorrer un mundo entero a tu manera.
Los malos hacen lo contrario. O te dejan en la puerta sin ninguna pista, o te llevan de la mano hasta el final sin dejarte nunca solo. En los dos casos te vas con la sensación de que el lugar no te entendió.
Pienso en esto cada vez que me toca diseñar algo, sea un espacio, una marca o lo que vive alguien la primera vez que llega a un producto. La pregunta de fondo sigue siendo la del tercer semestre: ¿en qué momento le devuelvo la libertad a quien está recorriendo esto?
El muro que terminaba en el cielo
En casa de mis padres, en Caracas, en alguna parte debe estar una imagen de ese proyecto. Mientras aparece, me quedo con lo que me dejó: una buena analogía ordena las decisiones, y vale la pena decirla en voz alta aunque alguien en la sala levante una ceja.
¿Cuál es la analogía que tú te has guardado para no parecer poco serio? Capaz y es la mejor idea que has tenido.
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Hermoso recuerdo Guillermo
Me encantó la parte de darle una entrada al director ❤️🩹