Hay lugares que recuerdo no tanto por lo que vi, sino por todo lo que ocurría al mismo tiempo. La primera vez que fui a Nueva York quedé maravillado por esa sensación de estar en medio del mundo entero. Gente de todas partes, idiomas que reconocía y otros que no, restaurantes de países que apenas sabía ubicar en un mapa, museos, ropa, colores, acentos, maneras distintas de caminar, de hablar, de ocupar la ciudad. El famoso melting pot, sí, pero vivido en la calle y no como concepto. Siempre me ha gustado eso: las diferencias, las mezclas, la posibilidad de descubrir que existen muchas maneras de hacer, pensar y vivir una misma cosa.
Quizás por eso guardo también con tanto cariño ciertos lugares de Caracas. En la terraza de la Cervecería El León, por ejemplo, podías encontrarte con gente de las universidades privadas y de las públicas, al sifrino y al no tan sifrino, edades y grupos distintos compartiendo un mismo espacio sin necesidad de parecerse demasiado entre sí. Algo parecido me ocurre cuando voy al Hollywood Bowl en Los Ángeles. Puede estar cantando Sting o Juanes y, a mi alrededor, escucho conversaciones en español, inglés, francés y algún otro idioma que no logro identificar. Hay algo extraordinario en encontrarse dentro de una multitud sin que esa multitud sea homogénea.
La arquitectura también me enseñó a mirar la diversidad desde otro lugar. Cuando dictaba Historia de la Tipología en la universidad, llevé a mis estudiantes a conocer distintos templos de Caracas. Visitamos la Gran Mezquita de Maripérez, recién inaugurada entonces y verdaderamente impresionante; en la misma calle otro dia visitamos una sinagoga, iglesias católicas y templos protestantes. No se trataba únicamente de entender edificios, plantas, símbolos o rituales. Quería que vieran cómo distintas culturas responden de manera diferente a preguntas profundamente humanas: cómo reunirse, cómo celebrar, cómo recordar, cómo relacionarse con lo trascendente, cómo construir comunidad. La arquitectura era la excusa; la lección era mucho más amplia.
Creo que mi propia educación estuvo llena de esos cruces. Estudié en colegios privados de clase media durante buena parte de mi vida, pero también pasé un año por una escuela pública cuando la situación en casa se hizo difícil. Estuve en un colegio mixto, en uno católico llevado por sacerdotes y en uno luterano que ocupa un lugar muy especial en mi corazón. En todos aprendí algo. No solo de las materias que estaban en el programa, sino de las personas, de sus costumbres, de las diferencias entre una institución y otra y, sobre todo, de la enorme cantidad de formas válidas que existen de mirar el mundo.
Mi mamá, la sabia y adelantada a su tiempo, Marlene como Marlene Dietrich, me enseñó a comer sushi, comida coreana, platillos exóticos de la India en el Bali de Aruba (un restaurante flotante que quien fue, lo recuerda con mucho cariño), e igual a comer hervido de pescado en La Guaira, a celebrar el Shabbat aunque seamos católicos y partir el pan que compraba caminando en la panaderia Kosher de San Bernardino. Capaz nos salimos un poco del plan, pero la diversidad nos hizo quienes somos hoy.
Tal vez por eso hoy me atraen tanto los espacios donde nadie parece haber recibido instrucciones para parecerse al que tiene al lado. Me gusta una mesa en la que conviven acentos distintos, una ciudad donde las calles cambian de sabor en pocas cuadras, una oficina donde las personas llegan a conclusiones diferentes, una conversación en la que alguien me obliga a revisar algo que yo creía resuelto. No necesito estar de acuerdo con todo el mundo. De hecho, posiblemente la diversidad tenga valor precisamente porque no nos permite esa comodidad.
Cuando llego a un lugar de un solo tono, donde todos piensan parecido, se visten parecido, vienen de lugares parecidos y parecen mirar el mundo desde el mismo punto, no diría que me siento incómodo. Simplemente siento que falta algo. Como una fotografía a la que le han reducido demasiado la paleta de colores. Puede seguir siendo correcta, incluso bella, pero ha perdido profundidad.
Con los años he llegado a pensar que la diversidad no es solamente una cuestión de representación. Es una forma de riqueza. Cada persona distinta trae consigo un archivo de experiencias, referencias, errores, tradiciones, palabras y maneras de resolver problemas que los demás no tenemos. Cuando esos archivos se encuentran, ocurren cosas nuevas. Aparecen combinaciones que nadie habría producido por separado. Y eso vale para una ciudad, una empresa, una universidad, una familia o una cultura.
Quizás por eso me gustan tanto las mezclas. Porque crecer rodeado de diferencias me enseñó que mi manera de ver el mundo es apenas una entre muchas posibles. Y lejos de hacerme sentir que pierdo algo propio, ocurre exactamente lo contrario: mientras más conozco lo distinto, mejor entiendo quién soy.
La diversidad no diluye la identidad. La pone en conversación.
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