La cultura solo crece cuando se mezcla.
Cultura pop, Super Bowl y creatividad en movimiento.
Esta semana era justo y necesario hablar de cultura.
No como una pieza de museo que se conserva intacta, sino como lo que realmente es: movimiento, mezcla, cruce. La cultura no se protege aislándola; crece cuando se encuentra con otras, cuando se transforma, cuando se vuelve más rica y más compleja.
A partir de ahí, aproveché para escribir sobre el medio tiempo del Super Bowl. No porque esté de moda hablar de eso, (llevo más de una década haciéndolo por escrito), sino porque sigue siendo uno de esos momentos donde la cultura pop, el arte y la conversación pública se cruzan de forma muy clara. Antes lo hacía en espacios menos digitales, pero igual de llenos de creatividad; hoy lo seguimos conversando aquí.
Y como todos los años, cierro compartiéndoles mis comerciales favoritos del domingo pasado. Es la trifecta que les ofrece este su newsletter de confianza: cultura pop, creatividad y marketing.
La cultura solo crece cuando se mezcla
En los últimos meses he visto a mucha gente expresar preocupación por cómo la diversidad está “cambiando” la cultura. Como si lo que somos pudiera diluirse, perderse o desaparecer al entrar en contacto con otros. Cada vez que leo algo así me queda la misma sensación: estamos hablando de la cultura como si fuera un objeto frágil, encerrado en una vitrina, que se rompe con solo tocarlo. Como si alguna vez hubiera existido en estado puro.
Pero la cultura no funciona así.
La cultura no es una herencia intacta que se conserva.
Es una suma de cruces, viajes, préstamos, accidentes y adaptaciones.
Es movimiento.
La gastronomía lo deja claro de inmediato, sin ideología ni discursos grandilocuentes.
La tempura japonesa tiene su origen en técnicas introducidas por portugueses vía Filipinas.
La cocina italiana, tan “tradicional”, no tendría tomates sin el intercambio con América, así como el chocolate suizo, que no existiría sin el cacao americano.
Las hallacas venezolanas son, literalmente, un plato mestizo: indígena, europeo y africano al mismo tiempo.
Y uno de los platos más comunes cuando vives en Estados Unidos, después de la hamburguesa (que tampoco es local, local, lo que se dice local), son los tacos: adaptados a ingredientes locales, a ritmos locales, a gustos locales.
Eso no es una traición cultural.
Eso es cultura.
Lo mismo ocurre fuera de la cocina.
La televisión en color, una de las grandes ventanas culturales del siglo XX, no existiría como la conocemos sin Guillermo González Camarena, un ingeniero mexicano que desarrolló uno de los sistemas pioneros de televisión a color (yo lo descubrí por curiosidad, porque cuando iba a la oficina en México de una transnacional, me llamó la atención el nombre de mi tocayo, y bueno, Google es tu amigo). Millones de personas en todo el mundo crecieron viendo noticias, deportes, películas y series gracias a una innovación que no nació donde muchos creen que “se inventa todo”.
En el arte pasa algo similar. Pablo Picasso nació en España, vivió gran parte de su vida en Francia, hablaba español y francés, estaba orgulloso de sus raíces, y su obra es inseparable de esa mezcla. No pertenece a una sola tradición ni a una sola lengua: pertenece al cruce.
Y la ópera, ese símbolo casi intocable de la “alta cultura”, nació en Italia, se expandió por Europa y el mundo, y durante siglos mantuvo el italiano como lengua central. Un arte profundamente viajero, que se transformó con cada ciudad, cada público y cada época que lo adoptó.
Comida, tecnología, arte, entretenimiento.
Todo apunta en la misma dirección: la cultura no surge en aislamiento.
La idea de una cultura “pura” es tentadora en momentos de miedo o incertidumbre, pero es históricamente falsa. No existe. Nunca existió. Y casi siempre se usa más para excluir que para comprender.
Nadie que defienda la pureza cultural está dispuesto a renunciar al café, al cacao, al tomate, a la televisión, a la música o al arte que ama. Elegimos qué mezclas celebramos y cuáles nos incomodan. Eso no es defensa cultural: es nostalgia selectiva.
La cultura no se contamina cuando se mezcla.
Se empobrece cuando deja de hacerlo.
Defender la cultura no es levantar muros ni congelar costumbres. Es entender de dónde vienen sus ingredientes. Es aceptar que lo que somos es el resultado de muchas rutas cruzándose.
La identidad no es una frontera.
Es un mapa lleno de caminos.
Esta idea de mezcla y diálogo cultural no se queda en teoría: aparece también en los eventos de nuestra vida cotidiana, en los fenómenos que comentamos alrededor de una mesa, en lo que nos llama la atención en la televisión o en la música que todos discutimos el lunes siguiente.
Un ejemplo reciente es lo que pasó este fin de semana con el Super Bowl y su espectáculo de medio tiempo, que nos da otra oportunidad para pensar en cómo interactúan cultura, diversidad y pertenencia.
Acerca del Super Bowl y por qué debí tirar más fotos.
Este fin de semana fue el Super Bowl, y como pasa todos los años, no se habló solo de fútbol americano. Se habló (y mucho) del espectáculo.
Del show de Bad Bunny, que fue en español, uno de los idiomas más hablados en Estados Unidos. De los invitados especiales, como Lady Gaga, cantando una versión de un tema de Bruno Mars en inglés y a ritmo de salsa. Ni hablar de Ricky Martin, cantando uno de los temas de Benito Martinez Ocasio, pero con un arreglo acorde a su voz.
También se habló, inevitablemente, de quienes dijeron que “no era correcto”.
Que el Super Bowl es un espectáculo norteamericano.
Que eso no debía estar ahí.
Pero el Super Bowl hace tiempo dejó de ser solo un partido.
Sí, es la final del deporte más popular del país, el momento que corona a su campeón. Pero también es un evento cultural global. Un escenario que se adereza con los comerciales más esperados del año (los mismos que antes veíamos en la oficina como ejercicio creativo justo el lunes siguiente) y que dejó piezas históricas como el famoso anuncio de Apple de 1984 presentando la Macintosh.
Y además está el medio tiempo.
Ese espacio que se transformó en uno de los espectáculos más vistos del mundo desde que Michael Jackson cambió para siempre la vara de lo que era posible ahí. Desde entonces, cada año la meta es la misma: más arte, más riesgo, más conversación.
El arte, cuando es honesto, incomoda a algunos y despierta curiosidad en otros.
A los curiosos, nos invita a investigar.
Me pasó el año pasado con el show de Kendrick Lamar. No entendí todo de inmediato. Pero sentí que había algo ahí, y quise saber más.
Eso mismo pasó este año con Bad Bunny.
No fue solo un concierto. Fue una declaración. Una forma de mostrar la cultura de Puerto Rico, que es parte de Estados Unidos, aunque muchas veces se prefiera olvidarlo. Un país que es grande porque es diverso, y es que la diversidad y los inmigrantes de todas partes del mundo lo han hecho el gran país que es hoy.
Recuerdo cuando mi papá me preguntó por qué quería ir a estudiar a Nueva York (nuevayooooll), y le dije que a mi me parecía maravilloso ver gente tan diversa, tantas culturas mezcladas allí, que podías conseguir de todo (en esos tiempos la Harina Pan no estaba en tantas partes ni habían sitios donde vendieran arepas. Pero allí habían mangos, caraotas negras, allí podía escuchar a alguien hablando en chino, otro en francés, aquel en castellano, sin problema).
El melting pot, la diversidad, la mezcla, y no era algo raro, ni mal visto, me parecía (y me sigue pareciendo) algo maravilloso.
Bad Bunny es un artista que empezó embolsando compras en un supermercado y hoy es una de las figuras más grandes del pop mundial. Que no se olvida de sus raíces. Que tiene una fundación para ayudar a la juventud y a la gente de su isla. Que no pide imponerse, sino convivir.
Y quizás eso fue lo que a algunos les molestó.
Estamos en un momento en el que se intenta invisibilizar a grupos completos de personas. Deshumanizar sus aportes, su música, sus colores, su risa. Olvidar que la diversidad no debilita a una nación ni a una cultura: la hace más rica, más compleja, más interesante.
Algunos bailan salsa.
Otros no bailan porque no les gusta o les da pena, y es válido (yo tengo dos pies izquierdos, jajaja).
A algunos les gusta el rock, a otros el merengue. A mi me gusta el rock en español igual que el rock inglés, y me gustan las historias que cuenta Rubén Blades, la melodía de la voz de Guillermo Carrasco, me gusta el jazz y me gusta la música que hacen los que componen los soundtracks de los videojuegos y del animé japonés. Que le vamos a hacer.
A algunos les encanta el picante, a otros la piña en la pizza, y hay quienes se la comen sin detenerse en esos detalles mínimos, porque entienden que no todo tiene que ser una batalla, y si tienes una bala de plata, no la vas a estar gastando todas las mañanas con la nueva excusa que tenga Internet para indignarte hoy.
Para entender lo que pasó en el medio tiempo de este Super Bowl había que mirar un poco más allá del escenario. Y eso, mis queridos amables, es lo que hace el arte cuando funciona: nos obliga a mirar mejor.
El espectáculo se cerró con Debí Tirar Más Fotos, un tema que pega muy distinto cuando eres un inmigrante, cuando tus amigos y tu familia están lejos, cuando hay algunos de los que incluso no te pudiste despedir. A mi me pasa que lo escucho, lo canto y lloro porque recuerdo a mi madre, recuerdo que no me pude despedir de ella por estar lejos. Y pienso en ese mensaje de que se debe amar todo lo que se pueda, se deben aprovechar las oportunidades que se tengan para sentir, para celebrar lo que queremos celebrar sin tener que pedir disculpas.
Fueron apenas 15 minutos, y si, el marketing es una cosa increíble, pero estos momentos nos revelan que cuando la cultura se mezcla e incomoda, nos hace pensar.
Y nos recuerda que solos, definitivamente, no vamos a llegar a ninguna parte.
¿Y los comerciales?
Hoy un amigo me dijo que el solamente se acuerda del Super Bowl cuando yo mando esta entrega del newsletter y le hablo de los comerciales. En el pasado, me recordó un post de alguien en Threads, uno se reunía en las agencias para discutirlos, para enriquecerse con las ideas, y para ver cuáles eran las tendencias.
Venían de un mundo sin Internet comercial, recuerden que los primeros grandes comerciales de culto transmitidos en el Superbowl se hicieron en un momento donde no teníamos redes sociales para ir conversando en tiempo real acerca de lo que estaba pasando (por ejemplo, 1984, el famoso comercial de Apple, apareció 21 años antes de que YouTube existiera).
Siempre hago una selección de los que mas me gustaron, los que mas me llamaron la atención (por la razón que sea, bien sea que me causaron gracia, me parecieron originales, o que son tan malos que son buenos).
Este año no es la excepción, y acá se los comparto:
e.l.f. presenta: MELISA (con Melissa Mc Carthy).
El comercial está diseñado como una mini-telenovela al estilo exagerado y melodramático que muchos reconocen instantáneamente. Es es un ejemplo de cómo el contenido publicitario puede ser culturalmente relevante y divertido a la vez, mezclando referencias latinas clásicas con un evento masivo en Estados Unidos. Me parece interesante la sincronía entre el tono del comercial y las temáticas culturales del Super Bowl de este año.
Good Will Dunkin, how yo doin?
Esto es una colección de clichés de series de los 90’s, y no lo digo como algo negativo: todos tenemos nuestros guilty pleasures. Acá Ben Affleck encabeza un elenco de personajes convertidos en versiones noventosas de un sitcom: desde Jennifer Aniston a Jason Alexander, activa ese recuerdo colectivo de audiencias muy específicas, y creo que funciona.
El Oso de Coca-Cola va al psiquiatra porque se tomó una Pepsi.
Soy Cocacolero, porque me gusta y porque trabajé muchos años para la marca, incluso creando su primera cuenta en Instagram (en el mundo mundial). Pero esta pieza de Pepsi me parece atrevida en el buen sentido, especialmente porque llama a la curiosidad de volver a probar la versión zero de la bebida, y como francotiradores, caen en un momento en el que nadie los esperaba. De paso, hizo que algunos creativos amigos hicieran su versión con el famoso oso de la cerveza Polar.
La historia detrás de cada original, Levi’s es Levi’s.
Bien armado, sin tener que hablar de los genes, con gente de todo tipo, ¡hasta Woody de Toy Story! Levi’s te dice que es la historia detrás de cada original. Boom.
Jurassic Park…works. Xfinity.
Parte del elenco original de Jurassic Park se reune en esta pieza que dura casi como una película (si hablamos de tiempo de publicidad en televisión) para este comercial de una compañía de cable (Xfinity).
Hungry for the Truth, Uber Eats nos habla de que el Superbowl nos da hambre.
Mathew McConaughey persigue a Bradley Cooper para decirle que el Superbowl se trata de comer. Y mira, si.
Instacart te deja escoger tus bananas.
Para darle contrapeso, les comparto este de Instacart, donde Ben Stiller es el hermano menos talentoso del dúo con Benson Boone.
Meal Diamond le canta a Hellmann’s
Andy Samberg es uno de mis comediantes favoritos, y este comercial lo comparto porque me pareció gracioso, aunque sea tonto el juego de palabras de Neil con Meal, me recuerda los videos musicales que el hacía en SNL. Este es un comercial para Hellmann’s y creo que cumple con algo muy importante cuando haces el pago de la fortuna que cuestan 30 segundos en el Super Bowl: que la gente hable al día siguiente de tu marca.
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Lo había guardado para leerlo con calma, gracias sin desperdicio.
Fantastica esta edición estimado!!!