La fatiga del ruido
Aprender a pausar, escuchar mejor y hablar con intención en un mundo saturado.
Para esta primera entrega del año quería hablar de algo que vengo sintiendo desde hace tiempo: la fatiga del ruido constante. La sensación de estar siendo atacados por demasiadas cosas al mismo tiempo, tantas que, paradójicamente, hoy la realidad parece ser el lugar al que escapamos para descansar de las redes sociales y de la desinformación.
Lo analógico lleva un tiempo regresando, y no por nostalgia gratuita. Yo llevo años hablando de eso: comprando discos de pasta, retomando formatos como el walkman, volviendo a los libros físicos (o digitales, pero leídos sin distracciones), a lo artesanal, incluso cuando está hecho con ayuda de la tecnología. No tener que estar conectados todo el tiempo. Creo que ahora ese regreso se siente más fuerte porque estamos saturados de información, de imágenes que no sabemos si son reales o generadas, de dudar constantemente de la verdad y de acostumbrarnos a lo artificial.
En las últimas semanas hice una especie de detox. No exagerado (sigo leyendo, comentando y compartiendo alguna que otra cosa), pero sí más consciente. He cocinado más, leído más, armado Legos, escuchado música, compartido tiempo con la familia. Actividades simples, pero ancladas en el presente. Y mientras hacía eso, pensaba mucho en el valor de la pausa.
En esta entrega hablo de algo distinto al silencio como omisión. Hablo de la pausa. De ese espacio breve que permite ordenar ideas antes de reaccionar. De elegir el momento, el tono y la intención. No de callar frente a la injusticia, sino de no responder desde el ruido, el impulso o la indignación automática. A veces, bajar el volumen no es retirarse, sino prepararse para decir algo que de verdad importe. No hablo del silencio cómodo, ese que favorece al opresor, sino de la pausa consciente que puede ayudarnos a hablar con más claridad, firmeza y sentido.
Y de eso va el texto que sigue.
La fatiga del ruido.
A veces estoy buscando algo en la cocina y no lo encuentro. Abro la misma gaveta tres veces, reviso el mismo estante, miro exactamente donde ya miré. Nada. Entonces le pregunto a mi esposa, y con que me diga “está ahí”, vuelvo a abrir el mismo lugar… y aparece. No porque no estuviera antes, sino porque ahora confío en que está ahí. No sirve que cualquiera me lo diga. Tiene que ser ella. Alguien en quien confío.
Pensaba en eso hace poco, porque creo que dice mucho sobre cómo funcionamos hoy. Vivimos rodeados de voces que hablan todo el tiempo. Opinan, reaccionan, publican, explican. Noticias, redes, marcas, creadores, expertos, desconocidos. No es que falte información, es que sobra ruido. Y no lo digo desde el drama, sino desde el cansancio. Ese cansancio raro de abrir una app, leer tres cosas, cerrarla… y no recordar ninguna.
En medio de todo ese ruido, no escuchamos a todos por igual. Y quizá no deberíamos. No porque algunas voces no valgan la pena, sino porque escuchar de verdad requiere tiempo, atención y cierta calma. No podemos (ni tenemos que) tener una opinión formada sobre todo, todo el tiempo. Que si sabemos de arquitectura no es necesario que sepamos de ingeniería de petróleo, si sabemos de marketing no necesariamente somos también expertos en nutrición (y aun así ves a cualquiera dando su opinión sobre un conflicto geopolítico que no conoce, desde sus prejuicios, o dando información nutricional desde su propio desconocimiento y el famoso “hice mi propia investigación”). A veces el problema no es lo que se dice, sino cómo reaccionamos: con prisa, a la defensiva, o esperando confirmar lo que ya pensábamos. Escuchar con cuidado implica algo más incómodo, pero más sano: aceptar matices, convivir con ideas que no son exactamente de nuestro agrado, y no convertir cada desacuerdo en una ofensa personal.
Esto pasa en la vida diaria, pasa en la cultura, pasa en la tecnología y también pasa con marcas, medios y creadores. Muchas veces confundimos hablar con conectar, presencia con relevancia. Decimos cosas porque sentimos que hay que decir algo, porque el silencio parece un error o una oportunidad perdida. Pero en un mundo tan ruidoso, hablar más no garantiza que alguien te escuche.
Callar no es desaparecer. Callar también es una forma de editar. De elegir el momento, el tono, la intención. De entender que no todo requiere una reacción inmediata ni una opinión pública. A veces, el verdadero valor está en decir menos, pero decirlo mejor. En construir confianza antes que volumen.
Quizá este año no se trate de sumar más voces, más mensajes o más ruido. Quizá se trate de aprender a escuchar mejor, con menos prisa y menos dramatismo. De aceptar que no todo tiene que gustarnos, convencernos o indignarnos. De preguntarnos, con honestidad, si somos para alguien esa voz que hace que abra la misma gaveta una vez más… y por fin encuentre lo que estaba buscando.
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