Nunca perdamos la capacidad de asombrarnos.
Porque la sorpresa es lo que mantiene viva nuestra humanidad.
Hace años, cuando estudiaba arquitectura, escribí uno de mis primeros ensayos describiendo algo que quizás no suele aparecer en los planos ni en los cálculos estructurales: los olores, los sabores, las luces, los sonidos de la ciudad. Hablaba del aroma del pan recién horneado, del sabor del mazapán, del juego de las sombras y la luz cuando se camina bajo una hilera de palmeras, (o de hermosos chaguaramos, como me decía mi profesora Cristina Von der Heide), del ruido de las calles, de sentarse simplemente a observar lo que hacen las personas que pasan.
Recordar eso me lleva a la frase que solía repetirnos el arquitecto William Niño, uno de mis profesores: “Nunca pierdan la capacidad de asombro.” Él contaba cómo cada mañana, al amanecer, regaba las plantas de su balcón (en un edificio diseñado por Jimmy Alcock, montado en una colina con una vista generosa del verde valle de Caracas) y se maravillaba una y otra vez del olor de la tierra mojada, del silencio inusual antes de que la ciudad …




