Durante años hemos discutido sobre los venezolanos que se fueron y los venezolanos que se quedaron, como si se tratara de dos grupos perfectamente definidos, casi dos categorías morales, y como si una decisión tomada en medio de circunstancias económicas, familiares, políticas o personales completamente distintas pudiera utilizarse para medir el compromiso de alguien con su país. Desde dentro, algunos dicen que quienes se fueron ya no entienden Venezuela, que perdieron el derecho a opinar sobre lo que sucede allí, que dejaron de pertenecer. Desde afuera ocurre también lo contrario: quienes observan el país a distancia pueden terminar juzgando las decisiones de quienes permanecieron, preguntándose por qué no se fueron, por qué toleraron determinadas circunstancias o por qué ven las cosas de una manera diferente. Y sin embargo, casi todos (los que se fueron y los que se quedaron) reconocen el mismo sabor en una lata de Pirulín.
Tal vez el primer error sea creer que podemos mirar la vida del otro desde nuestra posición y entenderla por completo. No podemos. Quien permanece en Venezuela vive una realidad cotidiana que ningún video, llamada de WhatsApp, noticia o publicación en redes sociales puede transmitir íntegramente. Pero quien se fue también atraviesa una experiencia difícil de comprender desde dentro: abandonar lugares, familias, rutinas, profesiones, referencias culturales, y comenzar otra vez en un sitio donde incluso las cosas más sencillas pueden exigir aprender reglas nuevas, códigos nuevos, maneras nuevas de pedir permiso, de hacer una fila, de abrir una cuenta, de explicar quién eres.
No hay una experiencia venezolana superior a la otra. Hay experiencias distintas, y quizás necesitamos suficiente humildad para aceptar que el lugar desde donde cada uno mira el país modifica inevitablemente lo que puede ver. Uno conoce mejor unas heridas; otro conoce mejor otras. Uno sabe lo que significa resistir allí; otro sabe lo que significa reconstruirse lejos. Y ninguno debería convertir su experiencia en la medida universal de todas las demás.
Pero hay algo todavía más importante: irse del territorio venezolano no significa necesariamente abandonar la nación venezolana. Porque un país tiene fronteras, instituciones, leyes, mapas y aduanas; una nación, no siempre. Una nación también existe en la memoria, en el lenguaje, en las costumbres, en los afectos y en esos pequeños objetos que terminamos cargando por el mundo como si fueran coordenadas personales. Todo eso forma parte de una geografía íntima a la que regresamos de vez en cuando no solo para recordar de dónde venimos, sino también para reconocernos.
Esa fotografía del Ávila que tienes en la sala de tu casa. La lata de Pirulín que consumes poco a poco, casi como si se tratara de un suplemento vitamínico o una medicina que alguien hubiera recetado administrar en pequeñas dosis. La cajita de madera que hicieron unos artesanos en Barquisimeto. Una canción que te devuelve a una época determinada. El recuerdo de aquellas vacaciones en Margarita con la familia o los amigos. Un plato cuyo sabor no has vuelto a encontrar exactamente igual. Todo eso forma parte de nuestros mapas sentimentales, mapas invisibles a los que regresamos de vez en cuando no solo para recordar de dónde venimos, sino también para reconocernos.
Lo entendí hace muchos años, en una de las veces que me tocó comenzar de nuevo en otro país. Estaba solo y llevaba días luchando contra una burocracia que me resultaba completamente extraña. El trámite que necesitaba hacer probablemente era algo rutinario para quienes vivían allí, pero para mí se había convertido en una montaña, como ocurre tantas veces cuando uno emigra y descubre que una gestión banal puede adquirir de pronto la dimensión de una prueba de carácter.
Recuerdo que aquel día caminaba hacia la oficina pública con una mezcla de cansancio y determinación. En el bolsillo llevaba una barra de chocolate Savoy. En algún momento la saqué, partí un par de cuadritos y me los comí mientras caminaba. Y pasó algo curioso: durante unos segundos fue como esas escenas de las películas en las que el protagonista encuentra una puerta hacia un lugar feliz. La oficina pública no desapareció, la burocracia siguió allí y nadie llegó a resolver mis problemas. Simplemente reconocí algo. Aquel sabor me llevó a un lugar conocido, y desde allí encontré una fuerza que seguramente ya estaba dentro de mí, pero para la que necesitaba una pista.
El trámite se logró ese día, pero lo más importante que quedó conmigo no fue el documento. Fue entender que uno carga con ciertos lugares aunque ya no viva en ellos, y que a veces basta un sabor, una canción, una fotografía o una palabra para encontrarlos. Desde entonces esa idea quedó grabada en mi memoria con una pequeña coronita roja: la del logo de Savoy.
Quizás eso es también una nación. No solamente un territorio delimitado en un mapa, sino millones de mapas pequeños que sus habitantes llevan consigo. Venezuela sigue estando, por supuesto, entre el Caribe, los Andes, el Orinoco, los Llanos y la Guayana; pero también está en Madrid, Miami, Buenos Aires, Santiago, Bogotá, Ciudad de México, Lima, Barcelona y en tantos otros lugares donde un venezolano guarda una fotografía del Ávila, prepara unas arepas un domingo o abre con cuidado una lata de Pirulín que alguien trajo en una maleta.
Eso no significa que quienes están fuera puedan hablar en nombre de quienes permanecen dentro, ni que quienes permanecen puedan decidir quién conserva o pierde el derecho a sentirse venezolano. Significa algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo: que la nación venezolana ya no cabe únicamente dentro del mapa de Venezuela.
Después de tantos años de migración, millones de venezolanos viven fuera de su territorio. Viven otra experiencia de la misma nación, no otra nación. Tal vez nuestra tarea ahora sea aprender a reconocernos así, sin convertir la partida en traición ni la permanencia en superioridad moral; sin competir por quién sufrió más, quién sacrificó más o quién tiene más derecho a hablar. Entendiendo que todos vemos una parte diferente del paisaje y que, quizás, solamente cuando juntamos esas miradas conseguimos reconstruir algo parecido al país completo.
Después de todo, una nación no está formada únicamente por las personas que permanecen dentro de sus fronteras. También la forman quienes, estando lejos, siguen encontrando el camino de regreso a través de sus mapas sentimentales.
De repente entendemos eso y logramos sacarnos de encima los lastres (mentales, físicos, culturales y económicos) que nos impiden llegar más lejos.
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Hace tanto me parecía que tener sentimientos fuertes por el país de origen era una tontería hasta que me tocó vivirlo. La identidad es un asunto de una fuerza muy contundente. Entre todos nos toca digerirla, gracias por contribuir a la lectura de la venezolanidad.