Los mapas que llevamos dentro
Mementos, rituales y una despedida que se convirtió en canción
Esta semana el newsletter viene con dos historias que, sin haberlo planeado, terminaron hablando de lo mismo: de los mapas que construimos para no perdernos, de los objetos y momentos que nos anclan, y de cómo cuando algo que amamos se va, lo que queda no es el vacío sino la huella.
La primera es sobre la imagen de la ciudad y los mementos. La segunda es una segunda parte de la despedida a Stephen Colbert y al Late Show. Las dos, a su manera, son sobre llegar a casa.
Los mapas que llevamos dentro.
Hay una sensación que todos hemos tenido alguna vez y que es difícil de describir con precisión: la de estar perdido no porque no sepas la dirección, o no tengas un poderoso GPS conectado a un satélite en la palma de la mano, sino porque no reconoces nada. No hay nada que te ancle.
Kevin Lynch, uno de los urbanistas más influyentes del siglo XX, (y con quien me encontré casualmente leyendo un libro de la Editorial Gustavo Gilli de Barcelona que me trajo mi papá en un viaje en el que pasó por La Casa del Libro en Madrid), dedicó buena parte de su vida a entender cómo construimos mentalmente las ciudades en las que vivimos. En su libro La imagen de la ciudad, Lynch argumenta que nos orientamos a través de hitos, sendas, nodos y bordes, elementos que juntos forman un mapa cognitivo colectivo, una especie de GPS emocional que compartimos con quienes habitan el mismo espacio.
Y dice algo que siempre me pareció poderoso: una de las peores experiencias que puede vivir un ser humano es la de estar perdido. No perdido en el sentido turístico y aventurero, sino perdido en el sentido existencial, sin referencias, sin anclas, sin saber literalmente dónde estás parado.
Yo lo explicaba todos los semestres en mis clases de Tipología de la Arquitectura. Les pedía a los estudiantes que me describieran cómo llegan a su casa desde la universidad. Invariablemente aparecían los mismos tipos de elementos: un edificio reconocible, (“la casa del muro verde”, por ejemplo), una curva particular, el olor de una panadería, el semáforo que siempre está dañado. Nadie describía coordenadas. Todos describían experiencias. Eso es la imagen de la ciudad: no un plano, sino una narrativa construida con el cuerpo y la memoria.
Las ciudades grandes nos dan hitos monumentales que funcionan como faros. Los que crecimos en Caracas tenemos uno privilegiado: el Ávila. Ese cerro inmenso y verde que siempre está en el norte, (y como dice la canción, “de Petare rumbo a La Pastora”, del este al oeste), que te orienta sin que tengas que pensarlo, que cuando aparece encima de los edificios después de días de lluvia te dice algo que ningún GPS puede decirte.
En Barcelona tienes el Tibidabo y Montjuïc flanqueando la ciudad, en Los Ángeles la dirección de la 405 te ubica en el sur de California sin necesidad de mirar el teléfono, en Nueva York la corriente de los carros te dice si vas hacia uptown o downtown. Son referencias grandes, casi geográficas, que operan en la escala de la ciudad completa.
Pero hay otra escala, la que me parece más íntima y más honesta: la del peatón, la del vecino. En esa escala no hay hitos monumentales. Hay una farmacia de esquina donde la señora ya sabe cómo te llamas, hay un café donde sirven el conleche exactamente como a ti te gusta, hay una plaza con un banco específico donde siempre se sienta el mismo señor a leer el periódico, hay un perro que te ladra cada mañana desde el mismo balcón. Son referencias modestas, casi invisibles, pero si un día las quitan, si cierran el café o cambian al perro de piso, algo en ti se desacomoda. Te desubicas. Y eso es Lynch en escala humana, operando en silencio.
Lo mismo pasa puertas adentro. Hace poco conversaba con unas amigas sobre los mementos, esos objetos pequeños que acumulamos sin estrategia y que con el tiempo se vuelven indispensables. Un imán en la nevera que trajiste de Las Vegas, una taza que compraste en un mercado de segunda mano en Venezia, ese robot de Lego que armaste con tu hijo un domingo de lluvia, la foto que colgaste en la sala y que ya no ves pero que notas inmediatamente cuando no está. Objetos que pueden no valer nada en términos monetarios y que sin embargo cargas contigo de mudanza en mudanza, de ciudad en ciudad, como si fueran documentos de identidad emocional.
Lo interesante es que estos mementos funcionan exactamente igual que los hitos de Lynch, pero en la escala del hogar. Son anclas. Son el Ávila de tu sala de estar. Cuando llegas cansado, distraído, en piloto automático, tu cerebro no necesita procesar el espacio porque ya lo reconoce. La taza en su lugar, el imán en su nevera, la foto en su pared. Todo en orden. La mente dice: llegué. Y eso, que parece trivial, es en realidad uno de los mecanismos más sofisticados que tenemos para gestionar la incertidumbre del mundo.
No estoy hablando de materialismo ni de apego en el sentido budista que nos incomoda un poco. Estoy hablando de cartografía emocional. De cómo los seres humanos construimos mapas a todas las escalas posibles, desde la ciudad hasta el cajón de la cocina, para saber dónde estamos parados. Mudarse a un sitio nuevo es desorientador no porque la gente sea mala o el lugar sea feo, sino porque todavía no tienes esos hitos. No sabes dónde está el Ávila. Con el tiempo aparece: un ritual de mañana, un café de esquina, la ruta que ya no tienes que pensar, el vecino que te saluda por tu nombre. Y ahí, sin que nadie te avise, empieza a sentirse como casa.
Por eso cuando alguien te dice que no le da importancia a las cosas, que los objetos no significan nada, que puede vivir en cualquier parte sin necesitar raíces, yo lo escucho con respeto y cierta duda. Porque creo que todos necesitamos mapas, aunque no los llamemos así. Los llevamos en la memoria del cuerpo, en los objetos que elegimos conservar, en los rituales pequeños y casi inconscientes que construimos para que el mundo tenga sentido. Son nuestra imagen de la ciudad interior.
Y sin ellos, aunque no lo sepamos reconocer, estamos un poco perdidos. Con ellos, en cambio, y con las experiencias que nos hacen recordar quiénes somos y de dónde venimos, es que al llegar, dejar las llaves en su lugar y soltar el peso del día, podemos decir, sin pensarlo demasiado: llegué a casa.
Only in Monroe.
Es decir: You say goodbye, I say hello.
La semana pasada escribí acá una despedida a un programa al que considero aun un lugar, el Late Show. Primero creado por David Letterman y luego conducido los últimos 11 años por Stephen Colbert. Lo escribí luego de haber visto el episodio que hicieron ellos dos juntos, como parte de los últimos 4 programas, la última semana del programa.
El jueves pasado fue el último episodio, y fue algo sencillo y genial. Fue un hasta luego, un abrazo cálido, una muestra del cariño que Colbert siente hacia su gente y el que tenemos hacia el. Estuvo lleno de pequeños “huevos de pascua”, como se les dice a esas sorpresas ocultas que no esperamos encontrar (pero buscamos). Simulaba ser un show normal, por aquello de que cuando estás haciendo lo que te gusta, el último dia no tiene que ser algo muy distinto, sino que quieres seguir haciendo lo que te da alegría y satisfacción.
De hecho, en el momento final, cuando “apagan” la luz del teatro bajando la palanca de la caja que dice “Late Show”, las otras cajas mas pequeñas a los lados dicen “aplausos”, “risas” y “Only in Monroe”, como se llama el programa de televisión de acceso público en Monroe, Michigan donde Colbert estuvo un día antes de tomar las riendas del Late Show, hace once años. Pues el viernes, el día después, volvió a ese programa, y gracias a YouTube podemos ver una maravillosa hora completa de show, que muestra como el talento encuentra la forma de salir a la superficie.
El último invitado fue Paul McCartney, en una especie de full circle emocional con el Ed Sullivan Theater, donde ya había tocado en la primera primera visita que hicieron los Beatles a Estados Unidos, y luego justo el año en el que se disolvieron. La entrevista se interrumpió a propósito y allí insertaron un segmento con los otros hosts de Late Night del país: Jimmy Kimmel, Jimmy Fallon, Seth Meyers, John Oliver.
Luego, Colbert es “tragado” por un vortex que lo lleva a un lugar donde están Elvis Costello, Jon Baptiste, Louis Cato, con sus instrumentos y comienzan los cuatro a interpretar un tema de esos “ocultos” de Costello: Jump-Up, que aprece como un bonus track en uno de sus primeros discos. Una interpretación hermosísima, que luego se transforma en todos ellos junto a McCartney en el Ed Sullivan Theater cantando Hello Goodbye.
Creo que tenía mucho tiempo que no lloraba así, tristeza por lo que se deja atrás, alegría porque hay que agradecer el cariño y lo que se tiene, especialmente la oportunidad de volver a empezar una y otra vez. Estoy hablando de Colbert, pero puedo estar hablando de cualquier otra cosa en la vida, y seguro tu que me lees también has pensado en un par de analogías hoy.
Así como hay mementos y una cartografía de nuestra vida que vamos construyendo, dibujando, hay momentos como ese, música como esa, que nos marcan para siempre.
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Guillermo, sinceramente, magistral. Mi mente comenzó a conectar puntos, no sólo en mi actual casa, también en otros lugares donde viví, Puerto la Cruz, Caracas. La casa mis padres. Todo está allí. Los objetos en el setup, mis programas de tv favoritos, es una conexión emocional que nos define. Gracias por esto.
Hermoso texto Guillermo. Gracias!