Pensar, sentir, resistir
Una reflexión sobre la banalidad del mal… y lo que nos hace resistirla
“La realidad solo se revela cuando es iluminada por un rayo de poesía. En torno a nosotros está totalmente adormecida”.
-Georges Braque
Hay ideas que no llegan como una revelación, sino como una especie de eco que vuelve cada cierto tiempo, especialmente cuando el mundo se siente más confuso de lo normal. La de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal es una de ellas, no porque el mal sea pequeño o insignificante, sino porque puede instalarse en lo cotidiano, en lo aparentemente inofensivo, en ese terreno gris donde las decisiones dejan de ser conscientes y pasan a ser automáticas. Lo inquietante de su planteamiento no es la existencia del mal en sí (eso siempre lo hemos sabido) sino la posibilidad de que no necesite monstruos para manifestarse, sino simplemente personas que dejan de pensar, que renuncian a cuestionar lo que hacen o lo que les piden hacer, que se refugian en la comodidad de cumplir con su rol sin detenerse a mirar las consecuencias.
Quizás por eso su idea incomoda tanto, porque nos quita la distancia. Nos obliga a aceptar que la línea entre lo correcto y lo incorrecto no siempre está delimitada por grandes gestos o decisiones heroicas, sino por pequeños actos cotidianos en los que elegimos (o dejamos de elegir) con plena conciencia. La banalidad del mal no es escandalosa, no hace ruido, no se presenta como algo extraordinario; al contrario, se camufla en la rutina, en la burocracia, en el lenguaje vacío de responsabilidad. Es ese “yo solo hago mi trabajo” que, repetido suficientes veces, termina justificando lo injustificable.
Pero si esa es una cara de la historia, hay otra que no siempre nombramos, aunque la vivimos constantemente. Es la capacidad que tenemos, como individuos y como colectivo, de reconocer lo que vale la pena y reaccionar ante ello. No necesariamente desde la confrontación directa, sino desde algo más profundo y más difícil de ignorar: la experiencia de lo humano en su mejor versión. Porque hay momentos en los que, casi sin darnos cuenta, salimos de ese piloto automático y volvemos a mirar con atención, con admiración incluso, lo que somos capaces de hacer juntos.
A veces el mundo está lleno de ruido, de gente mala saliéndose con la suya, de antivalores disfrazados de “fuerza” y de valores presentados como “debilidad”. Y de pronto, sin que lo estuviéramos esperando, algo le sale mal a esos “fuertes”, a los que desprecian la humanidad, a los que miran con cinismo una sonrisa, a los que creen que dar de comer al hambriento o curar al enfermo es cosa de ingenuos mientras se dan golpes de pecho en templos chapados en oro. En esos momentos, casi imperceptiblemente, algo cambia. La gente buena se cansa. Se rebela. Se harta de ser pisoteada, de sostener estructuras injustas solo porque “siempre se ha hecho así”, y empieza (a veces en silencio, a veces con fuerza) a actuar de otra manera.
Pienso, por ejemplo, en lo que ocurre cuando vemos competir a atletas como Eileen Gu o Alysa Liu. No es simplemente una competencia, ni siquiera un espectáculo en el sentido más superficial de la palabra. Hay algo en la precisión de sus movimientos, en la forma en que el riesgo se convierte en elegancia, en la disciplina llevada al límite, que nos obliga a detenernos. Durante esos minutos, el ruido desaparece. No importa de dónde vienen, qué idioma hablan o qué narrativa las rodea; lo que vemos es el resultado de años de esfuerzo condensados en un instante que, de alguna manera, nos representa a todos. Es difícil permanecer indiferente ante algo así, porque ahí no hay banalidad posible: hay intención, hay presencia, hay humanidad en estado puro.
Algo parecido ocurre cuando escuchamos a los astronautas de Artemis II hablar de su experiencia y de lo que significa mirar la Tierra desde fuera. Uno podría esperar discursos grandilocuentes, relatos de conquista o superioridad tecnológica, pero lo que suele aparecer es justo lo contrario: una especie de humildad que desarma. Hablan de fragilidad, de conexión, de la sensación casi abrumadora de entender que todo lo que conocemos (nuestras diferencias, nuestras tensiones, nuestras historias) ocurre en un punto diminuto suspendido en el vacío. Esa perspectiva no simplifica el mundo, pero sí lo reordena. Y en ese reordenamiento hay una toma de conciencia que difícilmente puede convivir con la indiferencia.
Tal vez ahí esté la clave de ese “contrario” que no siempre sabemos nombrar. No se trata únicamente de pensar más, ni de informarnos mejor, ni siquiera de tomar posturas firmes frente a todo. Se trata de mantener viva la capacidad de reconocer lo valioso cuando lo tenemos enfrente, de no anestesiarnos frente a lo que nos recuerda que somos algo más que engranajes dentro de un sistema. Porque cuando eso ocurre (cuando realmente vemos, cuando realmente sentimos) se vuelve mucho más difícil caer en la lógica de la banalidad, en esa forma de actuar sin hacerse preguntas, adormecidos por algoritmos y satisfacción inmediata en cualquiera de sus formas o sabores.
En el fondo, lo que está en juego no es solo evitar el mal en su forma más evidente, sino resistir esa tendencia más sutil a desconectarnos, a dejar de involucrarnos, a vivir en automático. Y quizás por eso, en un momento en el que todo parece empujarnos hacia la velocidad, la opinión inmediata y la simplificación, hay algo profundamente rebelde en detenerse a apreciar lo que nos eleva como conjunto. No como escapismo, sino como recordatorio.
Hoy vi una deconstruccion visual de Space Oddity, ese tema increible de David Bowie, y me puse a pensar en esto. Me cayó todo de golpe. Pensé que cuando entendemos que lo bueno (el arte, el esfuerzo, la exploración, los logros compartidos) no es accesorio sino esencial, empezamos a actuar de otra manera. Y en ese cambio, que parece pequeño pero no lo es, hay una forma silenciosa ya la vez poderosa de oponerse a la banalidad del mal. No desde el ruido, sino desde la conciencia de que el mundo que habitamos juntos vale la pena ser pensado, cuidado y, sobre todo, construido con intención.
(La cita del inicio, de Georges Braque, tiene su propia historia. La vi en una revista de arquitectura, iniciando mi carrera de estudiante, en la publicidad de un edificio de un grupo de arquitectos donde estaba uno de mis mas queridos amigos, de un grupo muy pequeño de amigos que primero fueron mis profesores y luego se convirtieron en mis amigos. Me enseñaron en gran parte a apreciar la belleza, el arte, a trabajar por lo que uno sueña y quiere. A tener sensibilidad y a expresarla sin miedo. La semana pasada el que había escrito esa frase en la revista, Javier Caricatto, murió de una forma inesperada y aun me estoy despidiendo de el, porque sin pensarlo escribí esto, y al final, recordé la frase y la puse al inicio. Lo que siempre me va a acompañar es su espíritu, y el de esos otros amigos que me abrieron la puerta a mucho de lo que sueño hoy).
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. Desde que vi las declaración del crew de Artemis II no he dejado de pensar en ello. me impactó que lo principal del discurso fue lo que somos como seres humanos. Vulnerables, con sueños y ganas de abrazar a amigos y familiares. Gracias Guillermo.